There are bodies that eyes cannot perceive



“Nothing can touch and to be touched but the body” (Lucrecio, De rerum natura)


“Earth, dwelling, cavern and also and differently way, are readable as quasi-equivalences  of laustera”

(Luce Irigaray, El espéculo de la otra mujer)



Alejandra Castillo[1]


There are bodies that eyes cannot perceive. This affirmation should not make us, coming from other times, to think of bodies whose materiality only could be invoked in abstraction. Even worse, Bodies housed in the neverending interiority of a soul as bottomless as isolated, perhaps, only perceived in a private rumour. No, it is not the intention of this brief text. It’s not that body that I’m interested. Let’s back then to the beginning, let’s repeat this affirmation, perhaps, in this reiteration, getting this back,  we will be able to perceive what eyes cannot see. How could a body, that resists us in hardness and fragility, not be seen? How to pass by and not perceiving it? A body make us slow down always, the obstacle of its own materiality is just what make it absolutely perceivable. Perhaps we should ask ourselves in a different way like how to be in a different position about body.

A different angle established in the space opened between vision and blindness. A body away from light, shadow and light/darks. A body perceived, it’s real, but not in the brightness of the day. A body apprehended in the closeness, warmth and rubbing. A body, then, exists when it exists the touch. A body not perceived in a glance but in affection. A body that its materiality is nothing but the light cleft produced by a hand over flesh.

That is what it seems to be suggested by Catalina Juger in the photographic series Utera. However, with a variation. Certainly, what these bodies are is something that eyes cannot perceive. This “something” that is out of a glance is what affects them, perhaps, the simple fact of to be held. In a 26 black and white photographs set of women, girls, mother and daughters, Juger propose the impossible exercise of bring on stage those bodies that eyes don’t perceive. Where do they begin? Where do all of those bodies end? is it the thin skin that divides them?

However, these bodies are not perceive by eyes - despite what we have in front of our eyes is not more than images - it’s constituted, however, in the co-existence, of to be with another body. This is the “link” where affection is, and it is where the body lays. A body called in the spoken word utera. This is the variation introduced by Juger. All the bodies are not evoked: it is not evoked either one body in general, but naked women bodies that without any embarrassment look directly into the camera lens. Women expose the inmaterial bond that ties them in the closeness of one and to the other.

It should not to be forgotten, at this point, that utera is uterus, matrix, abode and also hysteria. It is because of this ambivalent heritage that the spoken word utera is completely charged of that, perhaps, that is why it was chose to expose related women bodies, held but with no filiation (it should not be forgotten the male stigma that this brings) Bodies without names might be added, but whose story is told from the embrace, in the touch. Bodies whose ascending and descending lines do not speak about paternal names, by contrast, very distant  from the spoken word and its nominations can be perceived in the one and other touch of a body rubbing. It has to be mentioned that this body revealed has been in other, has been part of other. Where do the body ends? We could ask ourselves again.

We don’t know but we just have the certain that these are bodies whose materiality is always a trace of another body. It is, precisely, that trace where its materiality/motherhood lays. A trace which is time, scar and bond. It is there where body takes a place, a place that, certainly, runs out over and over from the eyes. A body, unquestionable, that eyes cannot perceive.






[1] PhD in Philosophy. Academic of the Philosophy Department, UMCE.







Que hay cuerpos que los ojos no perciben

“Nada puede tocar y ser tocado sino el cuerpo”
(Lucrecio, De rerum natura)


“Tierra, morada, caverna, y además y distintamente forma,
son legibles como cuasi-equivalencias de laustera

(Luce Irigaray, El espéculo de la otra mujer)



Alejandra Castillo[1]


Que hay cuerpos que los ojos no perciben. No debería llevarnos esta afirmación, venida de otros tiempos, a pensar en cuerpos cuya materialidad solo podría invocarse en su abstracción. O peor aún, cuerpos alojados en la interminable interioridad de un alma tan insondable como incomunicable, quizás, solo percibida por un rumor íntimo. No, no es la intención de este breve texto. No es ese cuerpo el que me interesa. Volvamos entonces  al inicio, repitamos la afirmación, quizás, en la reiteración, en la vuelta del gesto percibamos aquello que los ojos no ven. ¿Cómo podría un cuerpo, eso que se nos opone en su dureza, en su fragilidad, no ser visto? ¿Cómo pasar de largo sin notar un cuerpo? Un cuerpo siempre nos hace detener el paso, el obstáculo que su materialidad supone no podría sino que ser percibido. Tal vez deberíamos preguntar de otro modo, más bien posicionarnos de otro modo con el cuerpo.
Un modo distinto que aquél que se establece en el espacio que se abre entre la visión y la ceguera. Un cuerpo lejano de la luz, la sombra y los claroscuros. Un cuerpo que se percibe, es cierto, pero no desde la luminosidad del día. Un cuerpo que se aprehende en la cercanía, en la calidez y en el roce. Un cuerpo, entonces, que se constituye en el tocar, en el tacto. Un cuerpo que no se percibe en la mirada sino que en la afectación. Un cuerpo cuya materialidad no sea otra que la leve hendidura que produce una mano sobre la carne.

Así lo parece sugerir Catalina Juger en la serie fotográfica Utera. Sin embargo, con una variación. Sin duda, lo que constituye a estos cuerpos es algo que los ojos no perciben. Este “algo” que siempre escapa a la mirada es lo que los afecta, tal vez, el simple hecho de estar aferrados, estar aferradas para ser precisas. En un conjunto de 26 fotografías en blanco y negro de mujeres, niñas, madres e hijas, Juger se plantea el imposible ejercicio de poner en escena esos cuerpos que los ojos no perciben. ¿Dónde empiezan, dónde terminan cada uno de esos cuerpos? ¿Es la piel la frágil zona que los separa?

Cabe indicar que esos cuerpos que no son percibidos por la mirada —a pesar que lo que tengamos frente a nuestros ojos no sean más que imágenes— se constituyen, empero, en la co-presencia, en el estar junto a otro cuerpo. Es en la “relación” donde está la afección, es ahí donde está el cuerpo. Un cuerpo que se dice en la voz utera. Ésta es la variación que introduce Juger. No son evocados todos los cuerpos; no es evocado tampoco un cuerpo en general, sino que son cuerpos de mujeres desnudas que sin pudor miran directamente al lente de la cámara. Mujeres que exponen el intangible lazo que las une en la cercanía de unas y otras.

No habría que olvidar, en este punto, que utera es útero, matriz, morada y también histeria. Es por esta herencia ambivalente que carga la voz utera que, quizás, se opte por la exposición de cuerpos de mujeres relacionados, aferrados más sin filiación (no habría que olvidar la marca masculina que ésta porta). Cuerpos sin nombre, habría que agregar, pero cuya historia se narra en el abrazo, en el tocar. Cuerpos cuyas líneas ascendentes y descendentes no hablan de nombres paternos, muy por el contrario, distantes de la voz y sus nominaciones solo se dejan percibir en el roce de un cuerpo junto al otro. No habría que dejar de mencionar, también, que este cuerpo que comparece ha estado en el otro, ha sido parte del otro. ¿Dónde empieza o dónde termina el cuerpo? podríamos volver a preguntar.

No lo sabemos, solo tenemos certeza que son cuerpos cuya materialidad es siempre huella de otro cuerpo. Es, precisamente, en esa huella donde se constituye su materialidad/maternidad. Huella que es tiempo, cicatriz y lazo. Es ahí donde toma lugar un cuerpo, lugar que, sin dudas, escapa una y otra vez a la mirada. Un cuerpo que, indudablemente, los ojos no perciben.




[1] Doctora en Filosofía. Académica del Departamento de Filosofía, UMCE.



Que hay cuerpos que los ojos no perciben

“Nada puede tocar y ser tocado sino el cuerpo”

(Lucrecio, De rerum natura)


“Tierra, morada, caverna, y además y distintamente forma,
son legibles como cuasi-equivalencias de laustera

(Luce Irigaray, El espéculo de la otra mujer)


Alejandra Castillo[1]

Que hay cuerpos que los ojos no perciben. No debería llevarnos esta afirmación, venida de otros tiempos, a pensar en cuerpos cuya materialidad solo podría invocarse en su abstracción. O peor aún, cuerpos alojados en la interminable interioridad de un alma tan insondable como incomunicable, quizás, solo percibida por un rumor íntimo. No, no es la intención de este breve texto. No es ese cuerpo el que me interesa. Volvamos entonces  al inicio, repitamos la afirmación, quizás, en la reiteración, en la vuelta del gesto percibamos aquello que los ojos no ven. ¿Cómo podría un cuerpo, eso que se nos opone en su dureza, en su fragilidad, no ser visto? ¿Cómo pasar de largo sin notar un cuerpo? Un cuerpo siempre nos hace detener el paso, el obstáculo que su materialidad supone no podría sino que ser percibido. Tal vez deberíamos preguntar de otro modo, más bien posicionarnos de otro modo con el cuerpo.

Un modo distinto que aquél que se establece en el espacio que se abre entre la visión y la ceguera. Un cuerpo lejano de la luz, la sombra y los claroscuros. Un cuerpo que se percibe, es cierto, pero no desde la luminosidad del día. Un cuerpo que se aprehende en la cercanía, en la calidez y en el roce. Un cuerpo, entonces, que se constituye en el tocar, en el tacto. Un cuerpo que no se percibe en la mirada sino que en la afectación. Un cuerpo cuya materialidad no sea otra que la leve hendidura que produce una mano sobre la carne.

Así lo parece sugerir Catalina Juger en la serie fotográfica Utera. Sin embargo, con una variación. Sin duda, lo que constituye a estos cuerpos es algo que los ojos no perciben. Este “algo” que siempre escapa a la mirada es lo que los afecta, tal vez, el simple hecho de estar aferrados, estar aferradas para ser precisas. En un conjunto de 26 fotografías en blanco y negro de mujeres, niñas, madres e hijas, Juger se plantea el imposible ejercicio de poner en escena esos cuerpos que los ojos no perciben. ¿Dónde empiezan, dónde terminan cada uno de esos cuerpos? ¿Es la piel la frágil zona que los separa?

Cabe indicar que esos cuerpos que no son percibidos por la mirada —a pesar que lo que tengamos frente a nuestros ojos no sean más que imágenes— se constituyen, empero, en la co-presencia, en el estar junto a otro cuerpo. Es en la “relación” donde está la afección, es ahí donde está el cuerpo. Un cuerpo que se dice en la voz utera. Ésta es la variación que introduce Juger. No son evocados todos los cuerpos; no es evocado tampoco un cuerpo en general, sino que son cuerpos de mujeres desnudas que sin pudor miran directamente al lente de la cámara. Mujeres que exponen el intangible lazo que las une en la cercanía de unas y otras.

No habría que olvidar, en este punto, que utera es útero, matriz, morada y también histeria. Es por esta herencia ambivalente que carga la voz utera que, quizás, se opte por la exposición de cuerpos de mujeres relacionados, aferrados más sin filiación (no habría que olvidar la marca masculina que ésta porta). Cuerpos sin nombre, habría que agregar, pero cuya historia se narra en el abrazo, en el tocar. Cuerpos cuyas líneas ascendentes y descendentes no hablan de nombres paternos, muy por el contrario, distantes de la voz y sus nominaciones solo se dejan percibir en el roce de un cuerpo junto al otro. No habría que dejar de mencionar, también, que este cuerpo que comparece ha estado en el otro, ha sido parte del otro. ¿Dónde empieza o dónde termina el cuerpo? podríamos volver a preguntar.

No lo sabemos, solo tenemos certeza que son cuerpos cuya materialidad es siempre huella de otro cuerpo. Es, precisamente, en esa huella donde se constituye su materialidad/maternidad. Huella que es tiempo, cicatriz y lazo. Es ahí donde toma lugar un cuerpo, lugar que, sin dudas, escapa una y otra vez a la mirada. Un cuerpo que, indudablemente, los ojos no perciben.




[1] Doctora en Filosofía. Académica del Departamento de Filosofía, UMCE.